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Experiencias Pacientes


LOS RENACIDOS  

Marcel Cortada Esteve

Querido Renacido:

            Aquí estamos los dos, recién renacidos. Bueno, yo ya hace un poco más de tiempo, pero cuando me encuentro con uno nuevo y recién renacido, se me reaviva y hace presente el momento de la lesión cerebral y todo lo que esto ha supuesto, ser, en parte, como un bebé: estar en la camita, que te cuiden, te limpien, te den de comer, te cambien los pañales, que balbucees sonidos o que no entiendas lo que te dicen; estar inmerso en un estado emocional de extremos (tristeza, pena, llantos, risas descontroladas, creencia de que esto es pasajero, o que no podrás soportarlo y afrontarlo, asustado), confusión de cómo te sientes (capaz, de mente clara, sin entender ni atender a nada), confusión por cómo te tratan (sin un dolor o herida a la vista por qué este trato como un ser tan limitado, que no te dejan ni comer), etc. Cada uno tiene sus características, edad, sexo, profesión... Pero todos estamos hermanados por la experiencia tenida y por la suerte (espero) de estar vivos, de haber vuelto a nacer, pese al estado inicial debido al infortunio del daño cerebral sufrido.

            Somos como unos recién nacidos por la cura que necesitamos y la invalidez que tenemos, pero muchos de nosotros tenemos bastante preservado nuestro intelecto adulto, al cual tendremos que apelar para poder afrontar este camino de la vida: con sensatez, entereza, fortaleza, paciencia y esperanza.

            Como recién nacido tendrás que aprender muchas cosas, aunque muchas de ellas son cosas que ya sabías hacer (y que ahora te llegarás a dar cuenta de que antes hacías), y otras que forman parte de tu proceso de sanación.

            Recibiremos de los profesionales un cuidadoso trato, si éstos saben dialogar con estas dos partes nuestras: cuidarnos pero también escucharnos y entendernos y respetarnos. Pero hay los que se quedan con nuestra fachada externa, en la invalidez escenificada que puede parecer que somos sólo como unos niños pequeños que se les tiene que hacer todo; si se sitúan en este papel sólo recibiremos desatención (no física, seguramente), y que puede ser muy nociva.

            Si me permites -dado que el proceso de cada uno es tan particular y los profesionales que te ayudarán tan diversos-, yo sólo quiero incidir en una cosa que pienso que es importante  transmitir: el tiempo.

            A un bebé sano le espera el apasionante camino del crecimiento, de ir descubriendo y conociendo su cuerpo, que los reflejos den paso a los movimientos voluntarios, lograr con esfuerzo grandes avances; necesitan crecer experimentando desde todos los sentidos, para poder ir integrando las experiencias y así organiza el cerebro y la mente. Éste es también nuestro camino. Biológicamente gozamos de la sabiduría y capacidad de la naturaleza (la neuroplasticidad) y gracias a esto tendremos cambios en referencia a este estado inicial: de estar tumbados en una cama a poder ponernos de pie, andar o correr; de usar una sola mano a “tener” una segunda extremidad de nuevo; de no poder estar atentos y concentrados a volver a atender cualquier evento; de ser totalmente dependientes a ser de nuevo autónomos; y así un largo etcétera. Pero para todo esto nos hace falta tiempo y un buen trabajo rehabilitador dirigido que nos ayude a integrar de nuevo el mundo, interno y externo. Pero tendremos que estar alerta, pues nos podemos encontrar con terroristas (tal como los define un maestro mío): profesionales que en nombre de la ciencia mandarán muchos mensajes de grandes sentencias (“empieza a practicar con la otra mano que con ésta ya no podrás hacer nada”), fundamentadas a partir de una literatura y su experiencia –quizá ambos con un determinado enfoque mecanicista-, pero causando en nosotros un grave y lesionante terror que puede conducir a que se cumplan sus profecías. Éste es el peor veneno que te pueden inyectar. Si esto te pasara, el mejor antídoto es no hacer tuyo este veneno, entregarte a ti mismo la confianza, el tiempo, y agarrarte a todas las ayudas benéficas y entusiastas a las que puedas acceder. Ya habrá mucho tiempo para irnos entregando a nuestro estado final (si es que hay estado final); tendremos mucho tiempo para ir viendo que los cambios son más sutiles o que ya no aparecen, que hemos tocado techo y aceptar nuestra condición física y psíquica. No te entregues antes, no te tragues los veredictos pontificios, porque si no pasarás a ser tú mismo el que te autolimitarás y tocarás techo mucho antes de lo que te corresponda, a la vez que te acompañará a descender al pozo oscuro del estado de ánimo.

            No te precipites, no quieras correr debido al terror de tu estado físico, al cambio que vives y sufres ahora... Buscamos respuestas, pronósticos, ansia por saber en qué momento de rehabilitación estamos, qué mejora habrá, y tantas y tantas cosas que nos inquietan y que queremos saber y resolver, promovido en parte por un cuerpo que evoluciona tan y tan lentamente. Pero dejémosle tiempo, unos años, si estás con profesionales que te han transmitido que no se trata de forzar y ejercitar los músculos y sí de trabajar el cuerpo a través de la cabeza (cerebro). Son profesionales que saben diferenciar el qué se hace del cómo se hace. Con nuestro afán de vernos bien, podemos caer en querer forzar aquellas cosas que necesitan un proceso, un tiempo de trabajo adecuado. Como los bebés: si queremos ver caminar a un bebé no lo pongamos en un andador, porque sí que caminará, pero fácilmente puede sufrir una deformación en las piernas o en los pies si todavía no le corresponde; en cambio si lo dejamos en el suelo, que gatee, que tenga tiempo para madurar y fortalecer todo aquello que ha de intervenir en la marcha, y lo ayudamos en cada momento que se vea capaz, él irá adquiriendo las funciones que puede desarrollar. O sea, no  corresponde hacer un trabajo mecánico sobre las extremidades o aplicar otras técnicas invasivas, como el poner un andador a un bebé (qué se hace), ya que lo que he visto y experimentado es que esto nos lleva a la rigidez, a que desistamos, a la desesperación frente a la impotencia de no lograr más cambios, a creernos las sentencias y así confirmar lo que a partir del año nos etiquetan como enfermo crónico, precisamente cuando a partir de esta fecha sigue habiendo mejoras, si se trabaja bien. Si no se fuerzan los movimientos –tensar demasiado los músculos favorece la espasticidad, o hacer posturas anómalas que se fijarán como correctas en nuestro cerebro-, y se atiende a la vez a las sensaciones y percepciones de cada movimiento o parte del cuerpo, conjuntamente con las funciones cognitivas y con las emociones desencadenadas por la tarea, iremos construyendo unos nuevos circuitos neuronales (cómo se hace). Es decir, a seguir trabajando con paciencia y confianza, que tenemos tiempo.